Cómo funciona la publicidad en tu sector
El concepto que hay que explicar mil veces es que lo que se paga no es el rato de dibujar: es el uso que se va a hacer de la imagen. No cuesta lo mismo una ilustración para un cartel local que para una campaña nacional, un envase que se fabricará durante años o un uso puntual. Explicarlo convierte una discusión de precio en una conversación de alcance.
De ahí sale la conversación sobre derechos: qué puede hacer el cliente con la imagen, durante cuánto tiempo, en qué soportes, si es en exclusiva, si puede modificarla. Dejarlo por escrito protege a las dos partes y evita descubrir que tu ilustración está en un producto que nunca se habló, sin ninguna compensación.
Conviene ordenar el proceso: boceto primero, aprobación de composición, después color y detalle. Cambiar la idea cuando la ilustración ya está terminada cuesta mucho más que en el boceto, y explicar ese orden al cliente le ayuda a saber en qué momento tiene que opinar y qué se está decidiendo en cada fase.
Y conviene pedir referencias desde el principio: estilos que le gustan, ejemplos de lo que no quiere, tono, público. Un encargo que empieza con «sorpréndeme» acaba en vueltas infinitas y frustración mutua, y pedir esa información no resta libertad creativa: la enfoca hacia algo que va a poder usarse de verdad.