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Lo primero que debe aparecer, porque es seguridad y porque tranquiliza: el material es estéril y de un solo uso, y se desecha delante del paciente. Mucha gente tiene esa duda y no la pregunta. Comunicarlo con naturalidad, junto con las condiciones de higiene del centro, resuelve una preocupación legítima y muy extendida.
La objeción principal es evidente: el miedo a las agujas. Explicar cómo son realmente, qué se siente al colocarlas, que no se parece a una extracción de sangre y que se puede avisar en cualquier momento desactiva un temor que frena a muchísima gente que por lo demás estaría dispuesta a probar.
Conviene publicar quién aplica el tratamiento y con qué formación, así como las condiciones en las que se trabaja. En un ámbito donde la preparación varía, esa transparencia es lo que permite al paciente distinguir, y es también lo que buscan quienes ya han decidido probar y solo quieren elegir un sitio con garantías.
Y conviene ser prudente al hablar de para qué se usa: describir el enfoque y la experiencia sin presentarlo como sustituto de atención sanitaria ni atribuirle efectos que no correspondan. Esa moderación, lejos de restar, atrae a un público que desconfía de los mensajes grandilocuentes y busca justamente lo contrario.