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El patrón más extendido es recurrir a una pastilla —recetada o no— y quedarse ahí durante años, sin que nadie haya estudiado por qué no se duerme. Explicar que dormir mal tiene causas distintas, y que cada una se aborda de forma diferente, es lo que hace que alguien se plantee que quizá lleva mucho tiempo tapando algo.
Conviene separar dos mundos que se mezclan: el insomnio —cuesta dormirse, se despierta de madrugada, la cabeza no para— y los problemas respiratorios durante el sueño, con ronquido, pausas y sueño no reparador. No son lo mismo y no se manejan igual. Ayudar a distinguirlos orienta a quien no sabe ni cómo describirlo.
Hay que atacar la normalización: «yo siempre he dormido mal», «duermo poco pero me apaño», «es que soy nocturno». Se convive con ello años, se asume como carácter y se paga cada día. Nombrarlo así conecta con muchísima gente que jamás se ha planteado que eso pudiera consultarse en algún sitio.
Y conviene poner el foco en el día siguiente, que es donde duele: somnolencia, irritabilidad, falta de concentración, accidentes evitables, rendimiento, humor, relaciones. Hablar de las consecuencias diurnas es mucho más movilizador que hablar del sueño en sí, porque es lo que la persona nota y sufre de verdad.