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El sistema de cinturones es la mayor ventaja competitiva de este deporte frente a otras extraescolares: da un objetivo cada pocos meses, se ve, se celebra y engancha al niño de una forma que pocas actividades consiguen. Comunicarlo así a la familia —hay progreso medible y reconocible— convierte mucho mejor que hablar de técnica o de filosofía.
Pero ese mismo sistema tiene una cara que conviene adelantar: las tasas de examen, el equipamiento de protección, el dobok, los desplazamientos si se compite. Una familia que descubre todo eso a los tres meses se siente engañada. Publicarlo desde el principio evita bajas, evita discusiones y capta a quien agradece saber a qué se compromete.
Es probablemente el arte marcial más presente en la oferta escolar, lo que significa que muchas veces compites con la actividad que el propio colegio ofrece a la salida de clase. Contra eso no se gana por precio: se gana con profesorado, con grupos por nivel real, con progresión seria y con un club al que pertenecer más allá de una hora semanal.
Y conviene separar la vía de competición de la que no lo es. Hay familias que quieren una actividad y otras que quieren que su hijo compita, y son compromisos de tiempo y dinero muy distintos. Presentarlas juntas hace que unas se asusten por la exigencia y otras se decepcionen por la falta de ambición del club.