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El problema más inmediato es la ocupación: hay muchas horas en las que la cancha está parada. Permitir reservar online, publicar precios por hora y horarios disponibles, y dirigirse a grupos de amigos que buscan dónde jugar convierte tiempo muerto en ingresos sin necesidad de más obras ni más material.
El problema de fondo es el relevo: en muchos sitios el frontón lo mantienen los de siempre y no entra gente joven. La escuela infantil, la relación con los colegios y las jornadas de puertas abiertas no son una actividad secundaria: son la supervivencia del club a diez años vista, y merecen la misma atención que cualquier otra cosa.
Hay dos argumentos muy vendibles que casi nadie usa: se puede jugar con poca gente —a diferencia del fútbol, que necesita reunir a un equipo entero— y se coge el hilo rápido, lo suficiente para pasarlo bien desde el primer día. Eso encaja perfectamente con quien busca un plan deportivo sin tener que organizar a diez personas.
Y el arraigo local es un activo real: la historia del frontón, los torneos de fiestas, la gente que lleva décadas jugando ahí. Contarlo bien atrae tanto al vecino que nunca ha entrado como a quien viene de fuera y quiere conocer algo auténtico del sitio, y convierte una instalación deportiva en parte de la identidad del pueblo o el barrio.