Cómo funciona la publicidad en tu sector
Lo primero que hay que explicar es que la animación se mide en segundos, y que cada segundo es trabajo. Pedir un minuto más no es alargar un archivo: es multiplicar el trabajo. Esa idea, contada con naturalidad al principio, evita la negociación absurda en la que el cliente cree que está pidiendo un ajuste menor.
Y hay fases previas que hay que cerrar antes de animar nada: guion, guion gráfico, diseño de personajes, estilo visual, locución. Son la parte más barata de cambiar y la que decide todo lo demás. Explicar que ahí es donde hay que opinar, y que después es tarde, ahorra dinero al cliente y disgustos a todo el mundo.
Porque cambiar algo después de animar no es retocar: es rehacer. Un personaje que se modifica obliga a repetir escenas enteras. Dejarlo claro por adelantado, con un proceso de aprobaciones por fases, es lo que permite trabajar con presupuesto cerrado sin que el proyecto se descontrole a mitad de camino.
El estilo pesa tanto como la duración: una animación sencilla y una con acabado complejo no cuestan lo mismo aunque duren igual. Enseñar distintos niveles de acabado, con ejemplos, permite que el cliente sitúe su presupuesto y elija con criterio, en lugar de pedir lo más vistoso y asustarse con la cifra.