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La situación típica es asimétrica: una persona busca, lee y pide cita, y la otra acepta por no negarse, convencida de que va a ser un juicio donde le van a dar la razón al otro. Escribir para los dos —para quien busca y para quien viene a regañadientes— desactiva la resistencia antes de la primera sesión.
Hay que decir con claridad que no se trata de repartir culpas: el trabajo es entender qué está pasando entre los dos, qué se repite, qué se dejó de hablar y qué necesita cada uno. Explicarlo así hace que quien teme salir señalado se atreva a entrar por la puerta, que es la parte más difícil de todo el proceso.
Conviene abordar el problema del momento: se llega tarde, después de años de desgaste, de discusiones repetidas o cuando uno ya ha tomado una decisión. Decir que se puede consultar antes, cuando todavía hay ganas, y que también se acude por una etapa difícil concreta, normaliza pedir ayuda sin estar al borde de la ruptura.
Y hay que nombrar algo incómodo con honestidad: no siempre el objetivo es seguir juntos. A veces el trabajo sirve para decidir, para separarse mejor, para entenderse por los hijos o para cerrar bien. Plantearlo sin dramatismo respeta a quien llega con dudas y no quiere que nadie le empuje en una dirección.