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Esta cocina tiene una particularidad que es oro comercial y que casi ningún restaurante comunica: una oferta vegetariana enorme, variada y que no es una adaptación sino parte esencial de la tradición. Como quien no come carne suele acabar eligiendo el restaurante del grupo, decirlo con claridad puede traer mesas enteras que hoy van a otro sitio.
El picante es el freno más repetido y el más fácil de resolver: indicar el nivel de cada plato, dejar claro que se puede ajustar y señalar cuáles son suaves elimina la barrera de quien quiere probar pero teme no poder comer. Es una información sencilla que muchísimos locales no dan y que decide entradas.
Los nombres son otra barrera: la gente no sabe qué es cada plato, qué lleva, si es fuerte, con qué se acompaña ni cuánto es una ración. Traducirlo a lenguaje normal —qué es, cómo sabe, si pica, con qué pan o arroz va— amplía muchísimo lo que se atreven a pedir, en lugar de quedarse siempre en los dos o tres platos conocidos.
Y el menú de mediodía es la mejor puerta de entrada: permite probar por poco dinero, sin riesgo y sin compromiso, a un público que de otro modo no se atrevería. Mucha gente descubre esta cocina así y luego vuelve a cenar con más gente, así que comunicarlo bien a las oficinas de alrededor es una inversión directa en cenas futuras.