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El argumento más potente de este deporte es que se aprende muy rápido: un grupo que no ha jugado nunca puede tener un partido divertido el mismo día. Eso es enormemente vendible, porque la barrera de casi todos los deportes de raqueta es la frustración inicial de no dar una. Decirlo explícitamente capta a gente que descartó el tenis o el pádel por eso mismo.
Y abre la puerta a un público al que otros deportes han dejado fuera: personas de más edad, gente que no está en forma, quien tiene problemas articulares y no puede con la intensidad del pádel o la carrera del tenis. La pista es pequeña, el ritmo es asumible y se puede jugar durante muchos años. Es un mercado amplio y muy fiel al que casi nadie se dirige.
Como todavía es poco conocido, hay que explicarlo: qué es, en qué se parece y en qué no a otros deportes de raqueta, qué material hace falta, cuántos juegan. Ese contenido básico capta a todo el que ha oído hablar de él y quiere entender de qué va, y ahora mismo tiene muy poca competencia escrita en español.
Y el ambiente social es parte del producto: se juega en dobles, se rota, se conoce gente, hay partidas abiertas. Para mucha gente eso es tan importante como el deporte, especialmente para quien busca una actividad y también un grupo. Organizar partidas abiertas y sesiones para nuevos es lo que convierte a un curioso en un jugador habitual.