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El obstáculo de partida es la imagen: mucha gente asocia esto con algo provisional, barato o de menor calidad. Desmontarlo no se hace con adjetivos, se hace enseñando casas terminadas y habitadas, explicando materiales, aislamiento y acabados, y comparando con honestidad frente a la construcción tradicional en lo que gana y en lo que no.
Y hay un malentendido muy extendido y que causa disgustos: creer que por ser prefabricada no hace falta licencia. En general se necesitan los mismos permisos y hay que cumplir la normativa urbanística igual que en obra tradicional. Explicarlo con claridad evita clientes que compran y luego no pueden instalarla, que es la peor situación posible para todos.
Las ventajas reales son concretas y conviene apoyarse en ellas sin exagerar: un plazo de ejecución mucho más corto, un precio cerrado desde el principio y menos incertidumbre de obra. Para alguien que teme meterse en una construcción tradicional que se alargue años, eso es exactamente lo que está buscando oír.
Y donde nacen todas las decepciones es en qué incluye el precio: cimentación, transporte, grúa, acometidas, urbanización, licencias, impuestos. Detallarlo por escrito, aunque haga que la cifra parezca mayor, evita la sensación de engaño y capta al cliente serio, que prefiere saber el coste real antes que descubrirlo por partes.